Placeres que atrapan…

Sobre hábitos, comodidad y la capacidad de elegir.

Hay una pregunta que últimamente me parece cada vez más interesante:

Si nunca intentaste dejarlo, ¿cómo sabés que vos tenés el control?

Pensá en algo que hacés prácticamente todos los días.
Puede ser mirar Instagram apenas te despertás. Agarrar el celular cada vez que tenés cinco minutos libres. Decirte que vas a ver un capítulo y terminar viendo tres. Comer algo simplemente porque está ahí.

 

El control también se demuestra cuando podés decir que no.

Nuestros hábitos tienen una particularidad: con la repetición, muchas cosas empiezan a hacerse en automático. Hay estudios que muestran cómo algunas conductas pueden volverse cada vez menos deliberadas a medida que las repetimos.

Y esto me lleva a una pregunta:

¿Cuántas cosas de tu vida elegís conscientemente y cuántas simplemente hacés porque ya estás acostumbrado a hacerlas?

Porque el control no se demuestra solamente cuando podés hacer algo.También se demuestra cuando podés elegir no hacerlo.

 

“Palo al cuerpo”

Hay una frase que solía repetir con mucha frecuencia el abuelo de mi esposa. Todos los que lo conocieron la recuerdan:

“Palo al cuerpo.”

Era una expresión que usaba para hablar de la necesidad de autoexigirnos. De hacer ejercicio. De no buscar siempre la opción más cómoda. De hacer aquello que sabemos que nos hace bien, aunque en ese momento no tengamos demasiadas ganas.

Con el tiempo empecé a pensar que esas tres palabras pueden significar bastante.

A veces palo al cuerpo es levantarte temprano cuando preferirías seguir durmiendo.

Es hacer esa llamada que venís postergando.

Es tener una conversación incómoda.

Es mantener un compromiso cuando ya pasó la motivación inicial.

No porque haya algo bueno en sufrir por sufrir.
Sino porque no todo lo que nos hace bien resulta cómodo en el momento.


Lo que vale la pena suele costar.

Queremos estar en forma, pero no siempre queremos entrenar.

Queremos relaciones profundas, pero no siempre queremos tener conversaciones difíciles.

Queremos tranquilidad financiera, pero nos cuesta postergar una compra que queremos hacer ahora.

Queremos una vida con propósito, pero muchas veces terminamos llenando nuestro tiempo con cosas que simplemente nos entretienen.

Y creo que acá hay algo que vale la pena recordar:

Lo que realmente vale la pena rara vez está completamente dentro de nuestra zona de confort.

No porque tengamos que vivir incómodos todo el tiempo. Ni porque todo lo difícil sea necesariamente bueno.

Pero crecer implica, casi siempre, hacer algo que todavía no sabemos hacer, sostener algo cuando se vuelve difícil o renunciar a algo que queremos ahora por algo que valoramos más a largo plazo.

Y quizás una parte de la disciplina consiste simplemente en aceptar eso: algunas cosas importantes van a exigirnos hacer cosas que no tenemos ganas de hacer.

Ahí es donde palo al cuerpo vuelve a tener sentido.
No como una invitación a castigarnos, sino como un recordatorio de que no siempre tenemos que hacer solo lo que tenemos ganas de hacer.

 

El problema no es el placer.

Tampoco creo que la respuesta sea vivir evitando el placer.

Descansar. Comer algo rico. Mirar una película. Pasar tiempo con amigos. Viajar. Divertirse.
Todo eso también es parte de una buena vida.

El problema aparece cuando el placer deja de ser algo que disfrutamos y empieza a convertirse en algo que necesitamos para estar bien.

Cuando cada momento de aburrimiento tiene que ser llenado.

Cuando esperamos cinco minutos y automáticamente agarramos el celular.

Cuando un día difícil siempre termina de la misma manera: una compra, una serie, comida, alcohol, videojuegos, redes sociales o cualquier otra forma de gratificación inmediata.

No porque esas cosas sean malas en sí mismas. Pero se vuelven malas cuando dejamos de decidir sobre ellas y ellas empiezan a decidir por nosotros.

No se trata de eliminar el placer, sino de prestar atención a cómo nuestra búsqueda constante de gratificación puede terminar moldeando nuestra manera de vivir.

Y acá hay otra pregunta que me parece interesante:

¿Lo que estoy buscando constantemente me está haciendo crecer o me está haciendo más dependiente de la gratificación inmediata?

 
Volver a elegir

Para mí, la disciplina tiene menos que ver con ser una persona rígida, superproductiva o perfectamente organizada. Y tiene más que ver con no perder nuestra capacidad de elegir.

Poder disfrutar algo sin depender de ello.

Poder tolerar un poco de aburrimiento.

Poder hacer algo aunque no tengamos ganas.

Poder tener una conversación difícil en lugar de seguir evitándola.

Poder decir que no.

Y quizás, de vez en cuando, hacernos una pregunta bastante sencilla:

¿Estoy eligiendo esto o simplemente estoy haciendo lo que me sale en automático?

Quizás “palo al cuerpo” sea una manera bastante coloquial de decirlo.

Pero detrás de esas tres palabras hay algo que creo que vale la pena recuperar:

No todo lo que nos hace bien nos resulta cómodo. Y no todo lo que nos resulta cómodo nos hace bien.

El problema aparece cuando el placer deja de ser algo que disfrutamos
y empieza a convertirse en algo que necesitamos para estar bien.

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